El día que decidí bajarme la luna por mí misma 🌑
Me susurraron palabras hermosas al oído. Promesas brillantes que danzaban en mi mente y se deslizaban como seda en mis sentidos. Como una cobra hipnotizada, me dejé llevar. Me ofrecieron un mundo de luces bajo la luna, con el mar como testigo y las estrellas jurando lealtad a un sueño.
Pero el viento es frío, y se lleva lo efímero. Esas promesas se desvanecieron en su aliento.
Aprendí, a la mala, que hay personas que prometen llevarte a las estrellas, pero solo buscan ofrecerte su resplandor a cambio de apagar tu propia luz. Antes pensaba que una estrella fugaz era solo una luz hermosa que temía brillar y se escondía de la realidad; un poco como yo en mis días de ilusión. Hoy sé que no puedes descubrir tu brillo sin aceptar la oscuridad. Cuando más densa es la noche, es cuando el cielo, la luna y las estrellas se vuelven los verdaderos protagonistas.
Hoy entiendo la metáfora: No le puedes regalar estrellas a quien le teme a la oscuridad.
Me cansé. Me cansé de esperar que las promesas vacías se convirtieran en realidad. Me cansé de contar minutos esperando un mensaje, una llamada, una señal. Me dolió ser siempre la de la iniciativa, la que te mantenía contento mientras mi propia alma se desgastaba. Y en ese cansancio, muté. Me transformé en la mujer que, si quiere la luna, se la baja sola.
Lo siento mucho, pero ya no soy la sombra de lo que fui. Reconozco que cambié. Hoy vivo acariciando la locura, consciente de mis innumerables defectos. Un día me miré al espejo y vi una mirada distinta; le sonreí a mi nuevo yo, revitalizado y transformado. Esa chica que se preocupaba por todo y por todos quedó atrás. Ahora, el ruido externo ya no me importa en absoluto.
A veces la extraño. Extraño a esa versión ingenua que creía en lo imposible, que se sumergía en mundos dulces. Ella vivía en una fantasía gobernada por la verdad, el amor y la empatía. Era dulce, gentil... y no miento, lloro al recordarla. Siento que la perdí, hasta que recuerdo lo que hice con ella: la encerré en un calabozo, donde está a salvo del mundo, e incluso de mí misma.
Ya sané. Ahora pienso como Schopenhauer, bebo como Bukowski y amo como Nietzsche. Cada uno de ellos, con sus luces y sus profundas sombras, me enseñó que la vida es un equilibrio entre el amor y el dolor, entre la luz y la oscuridad.
Y es justo en esta dualidad donde finalmente encontré mi verdadero brillo.
— Sin anestesia: Ecos del Alma

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